sábado, 14 de julio de 2012

Homenaje a Ventura Ramos en el 104 aniversario de su nacimiento

Retrato


En este país
vive un viejo de ochenta años,
enfermo, casi sordo,
lleno de rituales y afectos.

Con su andador de niño
va de su cuarto al comedor,
pelea con su mujer y con las nietas,
va al patio, regresa.

Desde su escritorio
sueña con un país mejor,
el verdadero,
se conmueve, se indigna
y con la furia de su espera
lanza páginas en llamas
contra los enemigos de la Patria.
María Eugenia Ramos
(De Porque ningún sol es el último, Ediciones Paradiso, Tegucigalpa, 1989.)


Análisis, testimonio y reto

PRÓLOGO DE RAMÓN OQUELÍ A LA PRIMERA EDICIÓN DE 

HONDURAS, GUERRA Y ANTINACIONALIDAD, DE VENTURA RAMOS 

Por lo general, los escritores hondureños más afamados han muerto jóvenes, o dejaron de escribir al llegar a cierta edad, o se retractaron en la madurez de su existencia biológica de las actitudes de avanzada que habían anunciado en su juventud. Don Ventura Ramos Alvarado, originario de la tierra de Lempira, es, en éste y en otros aspectos, una de las excepciones dentro del no excesivamente frondoso campo del pensamiento y las letras hondureñas. A sus 79 años, que hoy 14 de julio acaba de cumplir (nacer en esta fecha es coincidir con las conmemoraciones del ataque victorioso a La Bastilla y el día inicial del visionario Ramón Rosa), y pese a haber sufrido una amplia gama de persecuciones, presidio, exilio y en la actualidad un fuerte golpe a la salud física, se sigue manteniendo lúcido mentalmente, firme en sus viejas convicciones y consecuentemente digno e indignado por la lamentable situación económica, moral y política en que se encuentran atrapados su gente, su terruño.

Hace medio siglo, al estallar la guerra civil española, el profesor egresado de la Escuela Normal (excelente semillero de algunos maestros que, sin ascender a los escaños universitarios, dieron muestras de haber adquirido mejor formación que muchos de los egresados de la máxima casa de estudios), tomó conciencia de que dentro y fuera de las fronteras nacionales se mantiene una lucha cuyo final no parece estar cercano, entre quienes defienden primordialmente sus intereses particulares, inseparables del mantenimiento de la situación predominante, y los que pretenden transformar las instituciones existentes para construir una existencia auténticamente humana. El profesor Ramos se dedicó a la enseñanza del idioma, y desde órganos periodísticos como Vanguardia Revolucionaria, El Cronista y Tiempo, a la divulgación de ideas transformadoras, a denunciar injusticias y a proponer soluciones. Y hoy, en una de las horas más graves de la patria, cuando estamos al borde de la desnacionalización total, nos brinda este vigoroso ensayo, que es a la vez denuncia, análisis, testimonio y reto.

El maestro Ramos se lamenta al ver a sus compatriotas “humillados, degradados y abyectos, además de aterrorizados y hambrientos”, ciegos al momento de concurrir a las urnas, incapaces hasta ahora de ejercer la fuerza potencial popular para organizarse y desarrollarse, carentes de identidad nacional por falta de autenticidad, por no haberse resistido a la absorción y ocupación por parte de los intereses norteamericanos, viviendo una parálisis moral, con la moral desgarrada por falta de entereza. Sin una burguesía propia, porque el capitalismo periférico impidió su crecimiento, y la cual, al carecer de poder político, ha sido incapaz de formular un proyecto nacional que incorporara “a todos los sectores de la producción y de la política, así como a instituciones de gran poder de convocatoria como la Iglesia Católica”. En el otro extremo, el minifundio define la “vida frustrada de los campesinos”.

Dentro de tanta miseria material y moral, lo único que practicamos con alegría son las elecciones en las que el pueblo elige gobernantes que dependen de los militares. “Pasadas las elecciones el pueblo estorba en Honduras”, se convierte en enemigo potencial dentro de la doctrina de seguridad nacional. Siguiendo la lógica de la fuerza en contra de la lógica de la historia, se desarticulan las organizaciones sindicales, estudiantiles, magisteriales, campesinas; son objeto de presión y asalto “para imponerles juntas directivas apoyadas y asistidas por los cuerpos represivos de la política de seguridad”. La democracia liberal, “tradicional y endeble, desapareció con la militarización del gobierno”. Se produce el terror como definición política, el estado de sitio permanente, “bajo el paraguas económico y militar del imperialismo norteamericano”, que nos ha convertido en protectorado de hecho, en plataforma de agresión que “apunta hacia adentro, al norte, al sur, el este y al oeste”. “El poder nacional de decisión está perdido y el gobierno de turno no hace otra cosa que adaptarse más y más a las consecuencias que derivan de la dependencia total”.

Al concurrir todo lo contrario de lo que postularon Valle, Morazán, Rosa, Froylán Turcios, Visitación Padilla y muchos más, necesitamos reiniciar el proceso histórico, librar “la batalla decisiva por la segunda liberación nacional”. “La mentira, el engaño y el cinismo oficiales deben ser sustituidos por la verdad y la dignidad que la patria reclama como puntos de partida para recobrar el prestigio perdido en la escala internacional”. Avanzar, “sin servidumbre alguna, por la amplia vía de la cultura humanística, la única que nos puede permitir evolucionar del vasallaje a la cooperación internacional, cuya base es la igualdad de derechos y el beneficio mutuo”. No podemos aceptar seguir siendo víctimas de un anticomunismo desesperado, que ha alcanzado un carácter patológico y se ha “inflado hasta el salvajismo”. Donde la verdad es vista como subversiva, nuestra defensa estará asentada en “nuestra capacidad de imponer la verdad sobre la falsificación de nuestra escala de valores nacionales”.

Aunque no es tarea fácil la de construir una nación, ni “llegar a la profundidad de una revolución”, don Ventura no ha perdido la esperanza de que los hondureños asumamos nuestra responsabilidad, pese a toda la campaña para norteamericanizarnos irremediablemente. “El proceso avanza hacia la toma de conciencia y por tanto, el ideal de convertirse en pueblo para sí, es decir, en sujeto consciente de su soberanía y su derecho a autodeterminarse, no está lejano”. Soberanía y democracia, que vienen a ser en la presente crisis “categorías idénticas. Los pueblos no pueden luchar por una de ellas en particular. Las dos se refuerzan mutuamente y se desarrollan juntas”. Muchas más reflexiones y denuncias nos ofrece este testimonio de quien, profundamente indignado por la miseria, la desorientación y el sometimiento, sintetiza, a manera de un manual de patriotismo, pensamientos que parten de una actitud consecuente. Queda por ver la respuesta que demos a este reto los amigos y admiradores de don Ventura Ramos, los hondureños todos.

Tegucigalpa, 14 de julio de 1987.

Ramón Oquelí



sábado, 7 de julio de 2012

Un cuento inédito de Giovanna Rivero

Fusión

Infografía: María Eugenia Ramos


Va ser difícil sacar a la niña en este caos. ¿Qué puedo decir? ¿Que es mi hija, mi nieta, mi pariente? Kazuo me contactó precisamente porque confiaba en mí y quería que la niña estuviera a salvo, que tuviera una vida normal. Nos conocíamos desde la guerra y aunque éramos de bandos enemigos, las circunstancias transformaron nuestras posiciones. Él defendió mi condición de prisionero y por eso regresé a Utah a fines del cuarenta y cinco casi sin un rasguño. Además, no estaba en el frente, mi misión era importante pero no ofensiva: emitía mensajes por radio en idioma navajo. Luego Kazuo me explicaría su conmoción y pena al saber que yo, en realidad, era un poeta, un poeta indio, y no había tenido muchas opciones. O la guerra o la eterna vergüenza.

Mitsuko es su nieta y, según Kazuo, ya la han detectado. Kazuo quería que yo la llevara conmigo a América para salvarla de un destino que parece seguro: la entrenarán en la base nuclear. No solo en Japón o Rusia o Ginebra ‒había leído informes confidenciales‒, sino en lugares recónditos como Bolivia, en una zona convenientemente turística llamada Samaipata, se hacen experimentos con máquinas de aceleración de partículas. Los avances son significativos, pero aún no se controla el factor de la reversibilidad. En Ginebra, por ejemplo, la Máquina de Dios condensa las partículas obteniendo cantidades importantes de masa atómica, pero la reversibilidad no es perfecta, no basta con diluir la masa flamante en ferro fluido, eliminando las características iniciales. Esto significa, en otras palabras, que los ansiados viajes en el tiempo tienen todavía una larga carrera de obstáculos por resolver. A lo mucho, uno se embarca en un One Way Trip. La niña, en cambio, posee la capacidad. Es una especie de Princesa del Fuego, para decirlo mejor. El fuego que destruyendo transforma  y transformando domina y en su soberbia obedece. El fuego azul, que es el primer fuego de todas las criaturas.

Un fuego que hace del tiempo una materia maleable. Ir, volver, descentrados del presente. Una flecha de dos púas.

Ahora, mirándola dormir, pienso en las palabras sencillas de Kazuo, “es tuya, acéptala”. Kazuo sufría los últimos estertores de un cáncer de páncreas, de modo que el terremoto solo actuó como lo haría la Máquina de Dios: acelerando el desenlace, volviendo al punto de partida, a la cuna del río. Ahora estoy solo y en problemas. La pequeña Mitsuko duerme con la placidez de sus siete años. La cabellera nocturna le enmarca la carita pálida, le otorga un aire de pubertad que me recuerda a la madre, Aoi, la hija primogénita de Kazuo, que jamás reveló la identidad del padre de la niña y con ese silencio murió en el parto. A Kazuo le preocupaba ese silencio inquebrantable, pero por algún motivo decidió que era mejor no indagar más.

Me acerco a la ventana. Estamos en el piso 28 de un hotel céntrico en Sendai. La nieve cubre la calle; aun así la gente pulula movida por la energía del horror. Es profunda esa energía, casi inhumana.  El Kosukai ha triplicado sus precios debido al costo de los motores que han debido activar para mantener el edificio con calefacción, pero no garantizan nada.

Mitsuko se mueve en la inmensidad de la cama, busco otra manta en el clóset y la cubro. Los párpados transparentes surcados de venas e inteligencia tiemblan, ¿qué estará soñando? Kazuo la imaginaba en América. No sé ahora si en verdad es una buena idea. La cooptarían igual, la exprimirían, le partirían el alma en mil como a una liebre para extirparle lo imposible. Ni siquiera podría traer de vuelta su pellejo, la hermosa cabellera, para arrojarla a una tierra que es de por sí una inmensa tumba.

Mitsuko se queja en una lengua distinta. No domino el japonés, pero tengo buen oído para distinguir los sonidos básicos de una lengua. Sentir una lengua ajena es como entrar en un bosque distinto y amistarte con sus lobos para sobrevivir.

Prendo un cigarrillo. La televisión emite imágenes mudas. La tierra rajándose, el eructo del agua, la súplica tonta del que va a morir. Yo conozco eso. La súplica tonta.

Quizás debería acostarme junto a la pequeña Mitsuko y dormir también, resignarme. Que la profecía nipona se cumpla y un remolino nos trague. Sin embargo, la voz del viejo Kazuo, “es tuya, acéptala”, me mantiene alerta, nervioso, quizás esperanzado, como en los viejos tiempos.

Mitsuko abre los ojos y dice:

私は飢えている



El Kosukai no está brindando servicio de cena a la habitación. Han prohibido usar los ascensores, y las escaleras están, por el momento, restringidas y vigiladas. Son, sin duda, estrictos con las leyes de emergencia social, aunque nada preguntaron cuando me registré con una niña de siete años en la misma habitación. Ahora Mitsuko tiene hambre y en el frigobar solo hay gaseosas. Ya no quedan chocolates ni bandejas de sushi. Hemos cenado durante tres noches nueces y barras dulces. Yo puedo aguantar con los cigarrillos, pero desconozco los poderes de la niña.

Le ofrezco agua mineral.

Mitsuko sujeta la botella con ambas manos y cierra los ojos de párpados transparentes, surcados de venas e inteligencias.

Suda. Un aura verdosa brota de la garganta. Ya me lo había advertido Kazuo. También se estremece suavemente, como una hoja. “No te espantes, mantente fiel”, dijo Kazuo. “Incluso el árbol inmutable, si lo miras mucho tiempo, sufre violentas transformaciones, cambios terribles. Mitsuko es más rápida, solo eso”, dijo.

El aura eléctrica me eriza los vellos, trepa por las lámparas y aniquila el televisor.

No podría ahora mismo decir cómo, bajo qué conjuros y concretas mutaciones, pero lo que era botella es en cuestión de segundos un caneco de arroz perlado, tupido, sobre el que Mitsuko se aplica usando sus deditos flacos como hashis. Come a una velocidad deliciosa, llena de esperanza.

Luego levanta el caneco y me convida.

Es un auténtico arroz. Tierno como los cereales de las praderas de Colorado. Nada que envidiarle a la Madre Tierra, ningún regusto a electricidad o a plástico o proteínas sintéticas, nada.

¿Cómo has conseguido… esto?

Ella dice que no sabe, Tierra o arroz o agua mineral, ¿no es todo lo mismo? ¿No somos todo lo mismo? Me da flojera pensar de otro modo, bosteza. Solo preste atención. Escuche.

Mitsuko esgrime su dedito índice como si fuese una antena captando ondas hertzianas en la lejanía.
Kazuo, mi abuelo, es ahora un copo de nieve. No debería preocuparse tanto, señor Yuma.

Intento no preocuparme. Visualizo praderas y cachorros. Lo que me tranquiliza, en realidad, es el trote silencioso del caballo de mi infancia. De modo que al amanecer aquello que ha dicho Mitsuko y lo que ha dicho Kazuo, “es tuya, acéptala, Yuma”, va confluyendo en la misma vertiente y entiendo lo que debemos hacer. Cuando un hombre entiende lo que se debe hacer no hay marcha atrás, incluso si el entendimiento del mundo es oscuro. Esto lo sabía antes de la guerra y lo sé ahora.

Desayunos en silencio con la técnica culinaria de Mitsuko. Y con la panza llena para no nublar los pensamientos, le planteo a la niña mi plan.

Mitsuko está de acuerdo, va a ser divertido, ya lo verá señor Yuma, se entusiasma. Dice que lo ha hecho antes, con su mejor amiga, que así jugaban bromas a las ancianas del barrio. Nunca las descubrieron.  Los turnos eran veloces, de segundos apenas, y las tontas ancianas se estrujaban los ojos con sus puños arrugados o escupían a un costado por si se trataba de un demonio. El juego, eso sí, tiene un límite, explica Mitsuko, la fusión más larga dura la mitad de un día, nunca ha conseguido un día completo. ¿Será suficiente?

Mitsuko se aprieta contra mí. No me llega ni al pecho.



En el aeropuerto la gente se agolpa en los mostradores dispuesta a pagar miles de yenes por salir de Sendai.  Las noticias son devastadoras. Un enorme dragón acecha hambriento convulsionándose bajo los mares y será cuestión de horas antes de que todo Japón sucumba. América es el destino apetecido. Y luego Londres.  Un grupo de brasileños protesta porque su ruta de vuelo no está entre las prioridades, necesitan de un pasajero más. Con el temporal, el vuelo toma 18 horas y una obligada escala en la Guyana Francesa. Decido que es el lugar perfecto para llevar a Mitsuko, siempre y cuando todo salga bien y un cambio de planes en la duración del vuelo no la obligue a imponer sus partículas infantiles sobre las mías, anulando la necedad de mi carne envejecida.

Yo voy a Brasil, levanto con insospechada agilidad mi mano, que ahora es blanca, como si nunca hubiera trabajado.

¿Coronel Yuma?, confirma la agente de la aerolínea. ¿Alguien más con usted?

Nadie, nadie más.

Miento. Guardo el secreto de la verdad. Y me siento travieso, como hace incontables lunas, niño otra vez, apenas protegido por el cuero todavía fresco de algún animal, galopando sin el permiso de Black Hawk, mi padre y el padre de todos, en los campos de Ojo de Oso, entre la nieve y las estrellas, en el calor y en el frío, listo para enfrentarme al enemigo.

La agente me alcanza el pase a bordo. Me cuelgo al hombro la mochila y camino rápido por los aterrados pasillos del aeropuerto. Camino casi a saltitos, como si la vida comenzara. Mi garganta comienza a cantar una ronda en japonés, una canción que nunca había escuchado, quizás se trate de una canción de despedida.

__________________________________

Foto: María Eugenia Ramos
Giovanna Rivero (Santa Cruz, Bolivia, 1972). Libros publicados: Relatos: Niñas y detectives, Bartleby Editores (Madrid, 2009). Las bestias (1997, Premio Nacional de Literatura), Sentir lo oscuro (2002), Contraluna (2005), Sangre dulce (2006). Novelas: Las camaleonas (2001) y Tukzon, historias colaterales (2008). Cuentos para niños: La dueña de nuestros sueños (2002). Ha obtenido los premios de cuento Presencia (1993) y "Franz Tamayo" (2005). Cursó la Maestría en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Florida, EE.UU. Figura en la antología latinoamericana El futuro no es nuestro (2009) y participó en el programa "Escribir en residencia" auspiciado por la Universidad Alcalá de Henares. En 2011 participó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, como una de los "25 secretos literarios mejor guardados de América Latina". Reside en Gainesville, Florida.

Giovanna Rivero describe así su relación con la literatura: "Soy escritora. Lo soy desde niña,  nueve, diez años, cuando el mundo de los grandes me parecía fascinante, terrible e inalcanzable. Precoz como era, necesitaba dar ese salto, encontrar el modo de hacerlo sin esperar un montón de años,  y entonces entender qué significaba ser grande, qué oscurísimos secretos se develaban con el conocimiento de los adultos, qué tenía el mundo para mí y yo para el mundo. No sabía que ese contacto vital que yo anhelaba se llamaba experiencia, y por tanto dolor y placer y amor. Me di cuenta de que inventando podía tender aquel puente hacia la adultez. Reemplacé la experiencia con la ficción. Y claro, salieron monstruos. Pero eran míos." 



***

domingo, 1 de julio de 2012

Un cuento de Roberto Martínez Bachrich: Wave

Sobre Roberto Martínez Bachrich, el blog de la Cooperativa Editorial "Lugar Común" (muy buen ejemplo, por cierto, de lo que puede hacer una iniciativa colectiva independiente) dice lo siguiente:
Roberto Martínez Bachrich (Venezuela) y 
María Eugenia Ramos (Honduras) en la FIL 
Guadalajara 2011.
"Nacido en Valencia, en 1977. Narrador, poeta y profesor de la Escuela de Letras de la UCV. Magíster en Técnicas de la Narración por la Scuola Holden (Turín, Italia) y en Estudios Literarios por la misma UCV. Autor de los libros de relatos Desencuentros (Gobernación de Carabobo, 1998) y Vulgar (Universidad de Carabobo, 2000), además del poemario Las noches de cobalto (Funsagú, 2002). Algunos de sus relatos y poemas han aparecido en las antologías De la urbe para el orbe (Alfadil, 2006), Próximos (Embajada de Venezuela en China, 2006), Tatuajes de ciudad (Sacven, 2007), Carne de exportación (Funcas, 2008), la versión digital de El futuro no es nuestro (Pie de Página, 2008), En obra (Equinoccio, 2009) y El océano en un pez (Arte y Literatura, 2011). Su obra ha merecido el Premio de Cuento de la FHE de la Universidad de Carabobo (1996); Premio Bienal de Narrativa “Rafael Briceño Ortega” (1998); Premio de poesía “Vox Novula”, UCAB (1999) y Premio de Cuento Breve 1999 de la UCV. Con el libro Tiempo hendido: Un acercamiento a la vida y obra de Antonia Palacios, obtuvo el X Premio Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana 2010. Forma parte de nuestro catálogo con Las guerras íntimas, su tercer libro de cuentos. Gracias a este título fue seleccionado como uno de los 25 secretos literarios mejor guardados de América Latina en la FIL Guadalajara de 2011."  
Se ha dicho de la narrativa de Roberto Martínez Bachrich que reúnen todas las características del cuento clásico: brevedad, intensidad y sorpresa, además de un uso magistral de las técnicas narrativas. Así lo demuestra sin lugar a dudas el cuento que transcribo a continuación.



Wave
Agora eu já sei
da onda que se ergueu no mar
e das estrelas que esquecemos de contar
o amor se deixa surpreender
enquanto a noite vem nos envolver
Antonio Carlos Jobim

Somos jóvenes e inconscientes, Verónica y yo, y siempre hemos estado orgullosos de ello. Será por eso que no nos costó ningún trabajo mentirle a nuestros padres. Verónica le aseguró a mi mamá que no iríamos a la playa, que por nada del mundo se nos ocurriría –con los indicios de esa horrible tormenta que se aproximaba a la costa– acercarnos al mar, que no, que nos quedaríamos en casa de su tía Carmelina en Coro, y que dedicaríamos el fin de semana a pasear por la zona colonial y conocer la ciudad. Por otro lado, yo le juré al padre de Verónica que no tenía de qué preocuparse, que nos quedaríamos con mi tía Dulce y mis primas, nada de playa, porque la verdad es que yo detesto el sol y el pegoste de la arena, además, las playas de por allá están llenas de aguamalas en esta época y a mí esos bichos viscosos me dan un poco de tirria, pero sobre todo, la amenaza de que el huracán Sabrina llegue a las costas falconianas me aterra en demasía (con frecuencia tengo pesadillas al respecto). En fin, dijimos, Vero y yo tenemos toda una vida por delante para estar corriendo riesgos estúpidos y arruinar nuestro futuro con cualquier imprudencia. Nuestros viejos quedaron absolutamente convencidos y aliviados, así que Verónica y yo agarramos autopista.

Apenas llegamos a la posada en Adícora, y después de dejar el perolero, nos ponemos nuestros trajes de baño y tomamos la carretera hacia las playas del norte de la península. El clima luce perfectamente normal: el calor espeso de siempre y la ventisca salada propia de cualquier zona costera. Le pregunto a Verónica si Playa Blanca o Saledales, le toca decidir a ella, porque yo elegí la posada. Vero me ausculta de cabo a rabo y decide que Playa Blanca, arguyendo que eso de que los médanos acaben en el mar es profundamente romántico y hermoso. A mí me parece perfecto, pero no sólo por las razones de Vero, sino porque en Saledales siempre hay demasiada gente y eso significa someternos al recato y la castidad, cosa poco deseable teniendo a mano los senos erectos y recién operados de Verónica. Tontamente me sonrojo y rápido vuelvo a mi color. Lo sé: frente al mar el deseo se duplica. Hay algo en el aire marino que arranca todas las costras de la costumbre: el agua salada parece inducir irremediablemente a los juegos del cuerpo, el mar nos hace sensuales. Y esto se convierte en toda una delicia cuando la cosa va un poco más allá de un par de senos perfectos: es el amor, tan ardiente como un erizo de morcilla tapatía, tan dulce como un delfín de crema pastelera vienesa, tan sabroso y envolvente como un pulpo de piña colada, tan grande como una ballena de eucaliptos. Sí, el aire marino duplica la mil veces reformada y empalagosa sintaxis del bobo amor.

Nos detenemos en una licorería del camino para apertrecharnos de bebidas. Me toca decidir a mí, así que escojo ginebra y jugo de naranja, aunque sé que Vero hubiese preferido vodka con limón, pero se sabe que el limón en la playa mancha e imagino que las comisuras de los labios de Verónica oscurecidas no deben ser tan apetitosas. Luego seguimos y ella descubre, a mitad de camino, un pequeño restaurante que le parece muy pintoresco. Me sugiere que almorcemos allí y le digo que mejor en la playa, en cualquier quiosco a la orilla del mar, pero me mira severamente y dice que le toca decidir a ella la suerte de nuestro almuerzo. Acepto un poco fastidiado, porque la verdad me muero de ganas de acostarla inmediatamente en la arena y besarla, acariciarla de polo a polo, lamerle cada resquicio y hacerle el amor hasta que caiga la noche para terminar contando las estrellas en su mirada; pero lo de acatar las decisiones intercaladas siempre ha sido la única ley de nuestra relación y, además, eso me da el poder de decidir con exactitud lo que haremos cuando la playa esté, finalmente, frente a nosotros.

Almorzamos sin demasiado apetito porque la comida no está muy buena y el zumbido de una radio ruidosa cuya señal va y viene mantiene ocupado al único mesonero del lugar, completamente abstraído con las noticias de la tormenta. Luego proseguimos nuestra ruta y, unos metros más adelante, unos guardias nos detienen intentando cerrarnos el paso y queriendo alarmarnos con el asunto del huracán. Yo les digo que vamos a buscar a mi tía Dulce, la pobre, que vive sola en el próximo caserío y debe estar muy asustada —es una señora bastante mayor, comprendan— con el asunto de Sabrina. Así que nos dejan pasar y un par de kilómetros más allá, Playa Blanca aparece ante nuestros ojos completamente sola y paradisíaca. Estaciono el jeep al borde de la carretera y atravesamos a pie los médanos que nos separan del mar. La ventisca salada ha aumentado un poco y el sol parece demasiado adormecido para ser mediodía. Verónica comienza a decir que quizá sí sea peligroso todo aquello, que si no sería mejor devolverse y dejar lo de la playa para otro día, que de cualquier forma tenemos la posada para divertirnos de lo lindo los dos juntos, pero yo le estampo un largo y cálido beso en la boca y le aseguro que no tiene la más mínima razón para preocuparse, que está conmigo, que no nos va a pasar nada y que la arena de Playa Blanca es mucho más cómoda que nuestro triste catre en la posada. Mi deseo efervescentemente animal, sin embargo, no durará mucho rato. Apenas estamos frente al agua el sol parece ocultarse por completo en una densa y oscura nube. El mar está picado y la ventisca se ha convertido en ventarrón. Nos detenemos y Vero me abraza asustada. El viento va tomando fuerza y en cuestión de segundos el último médano antes del agua comienza a desplazarse hacia el punto en el que estamos. Verónica se sume en una extraña tembladera y a mí me invade un hondo y paralizante desconcierto. El agua se revuelve furiosa y a cada minuto nace una nueva ola inmensa que revienta a pocos metros de nuestra parálisis. Vero me exige que nos vayamos y algunas lágrimas que la tolvanera hace desaparecer en milésimas de segundo brotan de sus ojos. Intentamos retroceder, llegar hasta el jeep, pero la carrera es inútil. Los médanos han decidido fundirse al mar y corren en sentido contrario a nuestra huida. Avanzamos tres pasos y un gran médano informe en perpetuo movimiento nos devuelve al mismo punto. Verónica comienza a llorar de pánico mientras su mirada se desfigura. Lo seguimos intentando, jadeantes, y todo es inútil. El mar convulsiona ferozmente, las olas –cada vez más voluminosas– chocan entre sí y producen un estrépito espantoso. Mi carro, que apenas se divisa con el arenero en el aire, desaparece de pronto sepultado por un médano. Verónica me abraza con esa fuerza sobrehumana que otorga el desconsuelo. Y nos quedamos allí, parados, en medio de las cachetadas de arena y el rumor terrible de las olas. Al coro se unen, ahora, montones de truenos que revientan incansables en la bóveda celeste. Y de repente estalla un aguacero que parece fracturar el firmamento y echarlo abajo a líquidos pedazos. Entonces el mar parece abrirse, las aguas ensayan una horrible contracción y bajan hacia los lados, dejando en el centro de nuestra visibilidad un lejano y misterioso islote azul que hace coagular en el viento un silencio siniestro. En ese instante nos damos cuenta: es la ola que crece. Una ola enorme, monstruosa, que marcha a toda velocidad hacia nosotros y parece rasgar el aire a su paso produciendo un sonido seco y estruendoso, un rugido insoportable. Es la misma ola con la que yo he soñado tantas veces antes, es la misma pesadilla recurrente, que se repite con una rigurosa y macabra perfección en la realidad: yo, abrazado al cuerpo de una mujer de firmes senos (en el sueño la mujer no tenía cara, no podía saber que fuera Verónica), viendo la ola venir, aterrados los dos, paralizados ante el horror final. Entonces sé que esta vez no despertaré. Y me toca decidir a mí cómo ponerle fin a todo esto: si dejándonos arrastrar, aplastar y ahogar por la ola o entregándonos a la sepultura del inmenso médano blanco que se desplaza furioso desde el otro lado. “Paso”, pienso, pero ya no puedo decírselo a Vero.

(De Las guerras íntimas, Editorial Cooperativa Lugar Común, Caracas, 2011.)
* * *